jueves, 24 de febrero de 2022

ATHANASIUS KIRCHER. La búsqueda del saber de la antiguedad - Joscelyn Godwin

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La Torre de la Botica es una colección consagrada al estudio de los textos clásicos, así como a la edición de obras de eminente carácter humanístico, muy particularmente las consideradas dentro de las Artes Liberales.


Encuadernación en tapa blanda de editorial ilustrada.

157 pp. Tamaño 17 x 24 cm.,

ISBN 9788485595433 

ISBN 8485595432

Versión al castellano de Guillermo Lorenzo 

Ilustrado con más de un centenar de grabados


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    La búsqueda del saber, una obra filosófica y literaria que eleva al jesuita alemán a la categoría de mito antropológico, como encarnación de una figura humana que aspira al saber universal y que consagra su existencia a la búsqueda de todos los conocimientos asequibles e inasequibles en las ciencias y en las artes. 



     Athanasius Kircher  fue una de las cimas intelectuales del Barroco, nació en 1602 en Fulda, entonces bajo la jurisdicción del Sacro Imperio romano germánico. Desde los catorce años contemplaba una personificación extraordinaria del ideal de universalidad científica y artística que por entonces deseaba ardorosamente emular. Sufrió las devastadoras consecuencias de la Guerra de los Treinta Años, vagó por Europa central y enseñó en la Universidad de Würzburg, donde impartió clases de hebreo y siríaco. Tras servir brevemente en la corte de los Habsburgo en Viena, en 1634 fijó su residencia en Roma, donde pasaría la mayor parte de su vida dedicado a la docencia y a la investigación. Profesor en el Collegium Romanum de la Compañía de Jesús, germen de la actual Universidad Gregoriana, allí fundó, en 1651, un seductor Museum Kircherianum, repleto de antigüedades, fósiles y objetos exóticos de diversa índole, que más bien parece la cristalización de su propia alma universal y pintoresca. 


    Cuando falleció en 1680 en la ciudad eterna era una auténtica celebridad intelectual en Europa, y se había carteado con los principales eruditos del continente. Dueño de una curiosidad tan indoblegable como fascinante.



    Aficionado a la ciencia, inventor y coleccionista se le considera un erudito en diversos campos del saber en los que publicó diversos tratados: el estudio del chino, la escritura universal (Novum hoc inventum quo omnia mundi idiomata ad unum reducuntur, 1660) o el arte de cómo pensar. Una de sus invenciones, que nunca funcionó, fue una máquina de movimiento perpetuo, que por medio de imanes conseguía el presunto movimiento aparentemente eterno de una flecha de hierro situada en el centro del artefacto. Destacó por su estudio sobre la lengua copta y su aplicación al desciframiento de los jeroglíficos egipcios, campo en el que pese a que se le consideraba un experto no logró ningún resultado válido llegando a publicar un libro lleno de presuntas traducciones sin valor.  



     Athanasius Kircher fue matemático, geólogo, lingüista, arqueólogo, aventurero, inventor… Llamado “el maestro de las cien artes” y el “alemán increíble”, para muchos era poseedor de una cantidad ciclópea de conocimientos y de una sabiduría profunda en casi todos los campos del saber humano. No en vano, Kircher fue autor de más de cuarenta libros caracterizados no sólo por la vastísima y heterogénea erudición que exhiben, sino también por la belleza de las ilustraciones que los acompañan. 



Podemos comprobarlo en títulos, entre otros: 

  • Ars magna lucis et umbrae
  • Oedipus Aegyptiacus
  • Itinerarium Exstaticum
  • Prodromus coptus sive aegyptiacus
  • Poligraphia nova et universalis ex combinatoria arte directa
  • Mundus subterraneus
  • China illustrata
  • Ars magna sciendi sive combinatoria… 


    Lo que observamos en la obra kircheriana es un fervoroso despliegue de conocimientos y de estética, de interés por civilizaciones antiguas y remotas, como Egipto y China, por los principios de la vulcanología o por las reglas de la combinatoria matemática y lógica (en esa sugerente estela recorrida por otros grandes del espíritu, como Ramón Llull y Gottfried Leibniz); una exploración, en suma, de la práctica totalidad del saber y del ingenio humanos. A medio camino entre el Renacimiento tardío y la plenitud del Barroco, a punto de ser eclipsado por la fuerza incontenible de un racionalismo destinado a triunfar en la ciencia y en la filosofía del siglo XVII, en Kircher encontramos a un hombre a caballo entre dos mundos, a un mestizo del espíritu que habitó un copioso número de provincias del saber y de la creación: a una rara avis que, sin embargo, entronca con lo mejor de la tradición renacentista y barroca. 


  

      A Kircher merece que lo califiquemos como “el último de los sabios universales” y como uno de los más acendrados ejemplos de polimatía en las ciencias y en las letras. Sólo podemos sentirnos maravillados ante la evidencia de que en el siglo XVII aún fuera factible dominar una diversidad de ramas del conocimiento y realizar contribuciones sobresalientes a distintos ámbitos de las ciencias y de las artes. 


    Es necesario destacar una contribución perdurable de Kircher al estudio científico del antiguo Egipto y la lengua copta, sin cuyo esclarecimiento habría sido imposible elaborar una gramática del egipcio clásico (no olvidemos que el descifrador de la escritura jeroglífica egipcia, Jean-François Champollion, buscó con frecuencia orientaciones en las estructuras gramaticales coptas para completar su famosa gramática egipcia de 1836).  Además, el maestro germano había sido sacerdote católico, por lo que había aunado dos dimensiones que en esa época me apasionaban: la fe y la razón, el anhelo de tender puentes entre la teología y la filosofía.


   Estatuas parlantes. Esculturas para espiar. La música y el sonido.

   

      Se exhibían numerosas obras de Kircher, aderezadas con hermosas imágenes y exquisitos grabados, parecían exhortarnos a cruzar la senda del saber guiados por la luz de la belleza y del arte. Geología, física, teología, lenguas, arte...: todo el saber del mundo volcado en un intelecto finito, como si fuera posible derramar la infinitud del conocimiento en la finitud de una mente mortal y limitada, a imagen y semejanza de esa célebre leyenda en la que San Agustín reprocha a un ángel el absurdo de querer verter todas las aguas del océano en un pequeño hoyo cavado en la playa. Es la tragedia del ser humano, la contradicción entre nuestro anhelo y lo que en verdad podemos llevar a término. 


 

     Athanasius Kircher se convertiría en un mito, en la categoría de un hombre ansioso por saberlo todo, por acumular todos los conocimientos del cielo y de la Tierra, tarea quizás factible en el siglo XVII, pero hoy desvanecida del horizonte de nuestras posibilidades más cercanas. Athanasius se elevaría así a un plano más universal, desde el que extraer un mensaje válido para nuestra época, y se alzaría como vivo ejemplo de los ideales más puros del Renacimiento tardío y del Barroco, cual icono de una añorada fusión de saber universal y belleza.

    Su fama como "experto" en jeroglíficos movería a uno de los primeros propietarios del Manuscrito Voynich.   


     De lo particular a lo universal, de un individuo de carne y hueso que vivió en el siglo XVII al prototipo de un hombre que no quiere renunciar a su íntimo e irresistible deseo de dominar todo el conocimiento y de realizar aportaciones notables a multitud de áreas del pensamiento y de la creación estética. 


    La universalidad de los intereses humanos en todo su esplendor; un homenaje a lo que representa Kircher, ilustre sabio universal del siglo XVII, como motor para examinar las grandes ideas de la filosofía, los mayores conceptos de la mente humana, los principales debates metafísicos y teológicos: la existencia de Dios, el problema del mal, el horizonte aterrador del nihilismo, la naturaleza de la libertad y de la necesidad... Discusiones universales de la filosofía que en Athanasius se abordan desde el ideal de una aspiración al todo armonizada con la búsqueda vivificadora de la belleza. 

     Esta cadencia lírica no sólo otorga un modo más diáfano de canalizar el sentimiento humano y de resaltar las posibilidades expresivas del lenguaje, sino que remite a los albores mismos de la filosofía, cuyas manifestaciones más antiguas surgieron en forma de poemas imbuidos de metafísica. Si la ciencia y el arte son las dos alas del espíritu humano.

     La pregunta de las preguntas: ¿por qué el “porqué”? ¿Por qué no desiste el ser humano de hacerse preguntas? ¿Por qué esta tensión creadora entre lo posible y lo imposible?


Carlos Blanco, de su libro homenaje a Athanasius Kircher

ALEGORÍA DE LA BÚSQUEDA DEL SABER UNIVERSAL 

ATHANASIUS (DIDACBOOK, 2016)




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