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jueves, 26 de enero de 2023

REMEDIO DE CUERPOS HUMANOS Y SILVA DE EXPERIENCIA (FACSÍMIL DE LA EDICIÓN DE 1542)- LUIS DE LOBERA DE AVILA

Remedio de cuerpos humanos y silva de experiencias y otras muchas cosas utilíssimas que se contienen en el. Luis Lobera de Ávila (1542).



Portada arquitectónica a dos tintas

Ex libris: "Biblioteca Real Academia Nacional de Medicina"





 LUIS DE LOBERA DE AVILA (Ávila, c. 1480-Aranda de Duero, 1551) fue médico de Carlos V.  

Remedio de cuerpos humanos y silva de experiencias y otras muchas cosas utilíssimas que se contienen en el / nuevamente compuesto por... Luys Lobera de Avila...

Fue impressa la presente obra llamada Vergel y sanidad en la muy noble e insigne universidad de Alcalá de Henares en casa de Joan de Brocar, a siete de marzo de 1542







Ejemplar disponible en la Real Academia Nacional de Medicina 

— Ubicación: 1 — Signatura: B-26-03-B-15-01 — Código de barras: 1039757

 

Edita Ministerio de Sanidad y Consumo

Imprenta Egraf. 

Madrid, 2001

P. V. P. 80,00 €

Encuadernado en Pergamino envejecido, cintas de cierre con dos cordones de cuero dobles.

17 x 25 cm. 

 Edición facsimilar de 500 ejemplares numerados de esta obra publicada en Alcalá de Henares, 1542.

Portada + 3 h. de tablas + CLXXXIII folios + 1 h. (facsímil) 

Texto a dos columnas. Papel Adquarello Comoscio 



lunes, 7 de junio de 2021

MADERA DEL AYRE - José Correa - Conde de FLORIDABLANCA, 1767- Camilo José CELA, 1990

   En los primeros días de abril de 1767, un asustado caballero murciano, entrado en años, llamaba con desesperación a la puerta del cirujano de la corte, José Correa, con la pretensión de que le reconociese dos mostruosidades que, según se demostraban, eran, hablando con el respeto debido, dos palos de madera del aire o asta, del mismo color, dureza, substancia y figura que los de un cordero. Los documentos dan cuenta de que el cirujano se los amputó y el Conde de Floridablanda remitió las dos pequeñas astas al Real Gabinete de Historia Natural que, sin embargo, el Museo Nacional de Ciencias Naturales, heredero suyo, no conserva.


     La denominación "madera del aire" aún se recoge en el Diccionario de la Real Academia Española como: Asta o cuerno de cualquier animal.


EDITA: AYUNTAMIENTO DE LA CORUÑA - CSIC

Salamanca, 1990.

Estuche con facsímil del escrito y su transcripción. 

Grabado numerado de tirada de 108 ejemplares.

Presentación por Camilo José Cela en pliego doblado. 

Una carpeta con ocho hojas donde se recoge el facsímil del acta original. 

Transcripción en 8 hojas  


Puede consultar disponibilidad en el correo:  

   Un caso singular es el de un hombre murciano que en 1767 acudió a la calle de la Cava Baja de Madrid para que el cirujano José Correa le serrara unas maderas del aire que tenía en la cabeza. Los documentos que acreditan este hecho, el único caso conocido de la presencia de cuernos en la especie humana, se encuentran en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales.


 En el documento notarial: «José Correa, cirujano que vive en la calle de la Cava Baja, declara bajo juramento que uno de los días del mes de abril próximo pasado de este año llegó a su casa un caballero de distinción, de 67 años de edad poco más o menos, con la pretensión de que le reconociese dos mostruosidades, que evidentemente eran, hablando con el respeto debido, dos palos de madera del aire, o astas del mismo color, dureza, sustancia y formas de las de un cordero. El caballero manifestó haber recorrido varias tierras y lugares para que se los cortasen, y que ningún cirujano quiso encargarse de la operación, por lo cual fueron por mí separados por medio de la sierra de amputar».


   La declaración de la testigo Cándida Trijueque tampoco tiene desperdicio y dice, entre otras cosas:

«Que es cierto que en uno de los días del mes de abril llegó a eso de las nueve a la casa de José Correa un hombre embozado y con sombrero de tres picos, y estuvo hablando algún rato con don José Correa, aunque ella no entendió lo que hablaron entre ellos, pero sí vio que cuando mandaron sentar al hombre en una silla y quitarse el sombrero inmediatamente se le pusieron de manifiesto dos cuernos. La que declara, junto con los demás testigos, vio que don José Correa sacó una sierra armada con su botante de hierro y mango de madera torneado, de una longitud de poco más de media vara, y con la ayuda de los allí presentes que le sostenían se los cortó, y en esa operación habrá tardado como más de media hora. Se advierte que de los dos cuernos uno es más largo que otro y ambos tienen forma de caracol y estas de cordero».

   Eran, por tanto, más parecidos estos cuernos a la cornamenta de los bóvidos que persisten de por vida y, si se rompen, no se regeneran; que a las cuernas del venado y demás cérvidos, que caducan todos los años. Por eso en estos días encontramos los desmogues tirados en el monte, aunque en este caso han sido las células osteoclastas las que han aislado la cuerna de su pivote, actuando como una sierra.



   El Ministro Conde de Floridablanca envía a José Clavijo, director del Real Gabinete de Historia Natural una nota:

   «Remito a Vd. dos astas pequeñas cortadas a un hombre por el cirujano don José Correa, según consta del testimonio que también acompaño, y encargo a Vd. que las coloque y guarde en ese Real Gabinete con la nota correspondiente. Dios guarde a Vd. muchos años».

El Pardo, a 25 de febrero  de 1787. 

El Conde de Floridablanca.



Puede consultar disponibilidad en el correo:  





miércoles, 20 de enero de 2021

Crónica de la peste en Padua (1631-32), por el doctor judío Abraham Catalano

   En 1631 cerca de la tercera parte de la población de la ciudad italiana de Padua murió a causa de la peste, entre ellos más de la mitad de los habitantes del gueto judío. El diario de Catalano, llamado Olam Hafukh –El mundo de cabeza–, es un homenaje a su esposa e hijos fallecidos y un testimonio del dolor y de la fortaleza del pueblo judío. Los siguientes son algunos fragmentos del manuscrito que se tradujeron del hebreo al inglés y del inglés al español.


   He sido testigo del dolor que la terrible peste provocó en la ciudad de Padua y en sus perplejos habitantes en el año de 1631. En esta obra, testimonio de mi recuerdo y mi aflicción (yo, siendo Abraham Catalano), amargamente me dirijo a las futuras generaciones, a los niños no nacidos, para que conozcan en detalle los hechos tal como sucedieron.

 Desde el inicio del brote en Venecia, en 1629, los habitantes de Padua consideramos diversas regulaciones para protegernos y proteger a la ciudad. Entre ellas, que ninguno de los judíos o de los sacerdotes cristianos tenía permitido ir y venir por la ciudad porque podrían portar la plaga, los primeros por sus actividades comerciales y los segundos por sus hábitos peripatéticos.

 Cuando la peste llegó a Verona, en 1630, decidimos rogar a Dios por nuestros hermanos. Un ciudadano líder en nuestra comunidad, Solomon Marini, que Dios tenga piedad de él, encontró entre sus libros una oración larga apropiada para la situación. Esta había sido compuesta hace muchos años en Pisa, ciudad de hombres sabios. Al inicio de la plaga empezamos a rezarla de manera regular junto con Pitum Haketoret.

 Los judíos que nos reunimos el segundo día de Tamuz de 1630 elegimos a cuatro de nuestros mejores hombres de la comunidad para supervisar la salud pública del gueto. El primer oficial en ser elegido fue Aaron Zerah Katz con doce votos a favor y seis en contra. El segundo fui yo, el autor, con dieciséis votos a favor y cinco en contra. El tercero fue Moses Grassito con quince votos a favor y nueve en contra. Y el último fue Azriel Katz con quince votos a favor y cuatro en contra.

*

   
   La plaga llegó a Padua en uno de los días de Sucot en el año 1631. Los cuatro de nosotros inmediatamente prohibimos a nuestra comunidad la compra sin permiso de cualquier objeto a cualquier gentil. También prohibimos comprarles mercancía a los soldados, así se tratara de austriacos o de guardias papales, o en una posada o en cualquier hospital. Los hilos y la lana solo se podían comprar si se contaba con el permiso de todos nosotros. Contratamos a un oficial de salubridad para llevar un registro diario del número de enfermos en la ciudad, el número de muertos y la causa de su muerte para que así pudiéramos conocer el curso de la plaga y tomar precauciones al autorizar la compra de productos en cualquier casa donde hubiera algún muerto o enfermo. Acordamos, más adelante, que nos abasteceríamos de todo tipo de alimentos, aceite y vino para satisfacer las necesidades de todos los habitantes del gueto por el tiempo que durara el azote de la peste.

 Las autoridades venecianas mandaron al gueto a un provveditore llamado Ioanni Fiesani para que supervisara las actividades de control de la plaga. Cuando recién llegó parecía que favorecía a los judíos y los consejeros contamos con su respaldo. Él estipuló que todos los judíos debían obedecernos y que si alguno se oponía sería condenado a muerte. Sin embargo, con el transcurso del tiempo se convirtió en un hombre diferente y no fuimos capaces de entender qué le pasó. Por ejemplo, en un inicio solía otorgar permiso a ciertos judíos para salir de la ciudad y hacer sus labores, pero después se negó a tolerar esto. Algunos judíos salieron de la ciudad a escondidas con un certificado de buena salud en sus manos. En aquel entonces quienes emitían estas “pruebas de salud” las entregaban a judíos y gentiles por igual.

 Mientras la furia de la peste y la confusión de la ciudad de Padua iban en aumento, los judíos tenían la esperanza puesta en Dios pues ningún habitante del gueto había enfermado o muerto. Por ello fuimos objeto de la envidia de los demás ciudadanos. Tuvimos miedo de que nos acusaran falsamente de ocultar las muertes. A pesar de que los oficiales de salubridad estaban al tanto de que los señalamientos eran infundados nos ordenaron realizar un censo para que supieran cuántos habitábamos el gueto. Esto no nos agradó, pero la instrucción fue tan firme que tomamos una suma de dinero para dividir entre los pobres y para entregar a cada individuo. En total contamos 721 personas.

 Después de esto el provveditore decretó que los judíos no podíamos comprar o vender nada. Intentamos desechar esa orden diciendo: “No ha habido ninguna señal de la plaga en el gueto. ¿Entonces por qué nos prohibirían el comercio?” El provveditore respondió a nuestras súplicas y nos permitió vender nuestras mercancías. Más adelante prohibimos la compra de cualquier objeto y para estar en completo control de la situación decidimos sortear diariamente a cinco personas mayores de veinticinco años y casadas para armar guardias. Dos de ellos harían guardia de la mañana a la noche en las dos puertas del gueto frente a la comunidad vecina de Sant’Urbano, y los otros tres en cada una de las entradas al gueto.

 A los pocos días, la esposa del portero gentil del gueto se infectó y mostró signos de hinchazón en la ingle, por lo que su familia se aisló. Su hija también enfermó, pero no quedó claro cómo se contagió, después de veinte días el doctor juzgó que el portero no se había infectado y que podía dar por terminada su cuarentena. Sin embargo, nosotros nos negamos a que abriera la puerta de su casa que daba al gueto, así que en- traba y salía por otra puerta. Le dijimos: “Por favor, ¿usted y su familia podrían abstenerse de entrar al gueto por un par de días? Los trataremos bien.” Pero su hijo entró al gueto para jugar con otros niños como solía hacer y su padre no se dio por enterado. Muchos creen que ese fue el origen del mal que acechó al gueto. En los siguientes días el portero enfermó.

*

   Conforme la plaga incrementó su ferocidad, todo el gueto estaba perplejo. Cuando alguien caía en cama o se sabía que estaba infectado, sus parientes y seres queridos huían y se alejaban de él porque estaban afligidos por el pánico. La persona enferma, abandonada y encerrada, permanecía mortificada porque se daba cuenta que había llegado su hora. Malditos los ojos que han visto estas cosas.

 Empezamos a construir un lazareto como nos ordenó el provveditore: “Encuentren un lugar para sus enfermos fuera de la ciudad. Si no lo hacen entonces nos llevaremos a los judíos enfermos al nuestro.” Meditamos el asunto con detalle ya que si escogíamos un lugar fuera de la ciudad el costo sería enorme y aquellos que fueran llevados hasta ahí morirían de hambre. Nos acercamos al gobernador y con una actitud humana nos dejó elegir un lugar dentro de la ciudad para nuestro lazareto.
Pedimos las casas cerca de la puerta de Ponte Corvo, que se destinaban a los soldados en tiempos de guerra, pero la gente que vivía rumbo a la puerta, entre ellos algunos ciudadanos destacados, se quejaron con el provveditore y nos amedrentaron y amenazaron para que no las ocupáramos. En su lugar nos dieron las casas cerca de la puerta Savonarola que también se otorgaban a soldados, nadie se opuso porque varios sepultureros cristianos vivían cerca. En total el lazareto nos costó seiscientas nueve liras. Estaba dividido en dos partes: una para la gente sana que salía de casas contaminadas y otra para los infectados.

 Mi cuñado Simon Heilprin y yo rentamos una casa con habitaciones amplias, jardines y huertos en el barrio de la puerta Savonarola. Le pagamos al señor Carlo Capo de Vacca la suma de trescientos ducados para retirar los muebles y le pedimos permiso al provveditore para ir ahí –nunca antes había permitido a algún judío rentar un lugar fuera del gueto–. El martes 21 de Tamuz, después de que mi mujer lavó su cuerpo en vinagre y agua y cambió su vestimenta, fuimos a la nueva casa. Para que los enterradores no tuvieran que llevar nuestras pertenencias compramos un burro y se las pusimos como carga. Un agente de salubridad estuvo atento todo el tiempo para evitar que la gente se nos acercara. No tomamos ningún objeto de la casa que nos provocara dudas –ni siquiera el cordón de un zapato–. Dividimos la casa en dos, una parte para mi cuñado y su familia y la otra para mí. Cada sección tenía una puerta exterior. Cada uno de nosotros también apartó un cuarto especial para el cuidado y aislamiento de los enfermos. En mi parte le destiné un cuarto a mi esposa y otro a la sirvienta cristiana que traje con nosotros; en la parte de mi cuñado había un cuarto especial para su esposa y para su cuñada, quienes cuidaron a algunos huérfanos. Pero toda esta preparación no nos sirvió de nada.

 La carreta del sepulturero pasaba con frecuencia cuando llevaba a los muertos a enterrar. Ya que tenía que dar una vuelta larga hacia el cementerio fuera del muro, solía desviarse más de su ruta para recoger a los muertos del lazareto y enterrarlos a todos juntos. También llevaba a diario al lazareto a aquellos afligidos por la peste y a muchos familiares que tenían enfermos en casa y no contaban con hogares acondicionados. Cuando escuchaba la campana de la carreta solía observar a familias que lloraban y a desanimados enfermos conducidos como ovejas al matadero. Me conmovía hasta la piedad y en varias ocasiones experimenté un completo temor cuando vi la carreta cargada con los féretros de personas conocidas.

 El diez de Tamuz, la mujer de Solomon Turkito dio a luz mientras estaba enferma y no hubo nadie que se atreviera a estar con ella. Salió hacia el pozo completamente desnuda, gritando como demente y murió. No se halló mujer que amamantara al niño, así que, lamentablemente, se le envió al lazareto donde le llevaron a una cabra para que mamara de sus ubres. Vivió quince días.

Después Sarah, mi esposa, la devota y modesta esposa de mi juventud, la novia que amé profundamente, enfermó. Fue la hija de Nathan Judah Heilprin de Citadella. Mi corazón murió dentro de mí.

 En el undécimo día, dos más murieron en el lazareto y diez en el gueto, entre ellos David de León, que había sido incluido en el grupo de consejeros. En el duodécimo día, tres más murieron en el gueto y dos en el lazareto y en el decimotercero, ocho en el gueto y seis en el lazareto; en el decimocuarto tres murieron en el gueto y uno en el lazareto. Mi esposa devota murió también en la nueva casa después veinte años juntos.

 Muchas de las personas del gueto que se enfermaron y aliviaron se quejaron de que seguían en el lazareto después de su recuperación. Así que rentamos una casa en el barrio de Savonarola como un segundo lazareto para los sanos y, una vez que les proporcionamos camas limpias, dejamos que hicieran su cuarentena ahí. En el día veintiocho de Av una persona murió en el lazareto y en el segundo de Elul una persona murió en el gueto. En el tercero, cuarto, quinto y sexto día nadie murió. Y fue hasta entonces que el provveditore finalmente dio permiso para abrir las puertas del gueto. Lo había recorrido a caballo, como solía hacer, y vio salir al doctor de la casa de Gad bar Michael, quien había estado enfermo. Interrogó a fondo al médico, pero tuvo piedad de nosotros y permitió que las puertas se abrieran. En el séptimo día de Elul, dos más murieron en el gueto, uno en el octavo día y uno más en el lazareto el decimotercer día. Luego, la plaga ya había pasado.

 Cuatrocientas veintiún personas murieron a causa de la peste. Los que se enfermaron y se recuperaron sumaron doscientas trece personas. Quienes se salvaron de contagiarse fueron 75, entre ellos yo, gracias a Dios.

 La experiencia reveló que los niños de tierna edad eran los menos susceptibles a la peste y, seguidos de estos, los hombres y mujeres jóvenes. Los adultos viejos y las mujeres embarazadas no eran tan resistentes porque casi todos ellos murieron. Incluso aquellos que se infectaron y se recuperaron padecieron fiebres tercianas y cuartanas por largos periodos y no hubo una sola casa en el gueto sin un muerto o un enfermo; hubo solo dos viudas en cuyas casas nadie enfermó. Una era Esther, viuda de Kalman Katz, el sefardí, que tenía dos hijos, y la otra fue Tziviah, viuda de Chaim ben Shushan y sus cuatro hijos. Fue milagroso porque estaban rodeados de casas contaminadas.

 Doscientos catorce hombres y doscientos siete mujeres murieron, entre los muertos hubo treinta y ocho parejas. Treinta mujeres y veinte hombres enviudaron. Quince casas quedaron completamente deshabitadas.

*

   Cuando la plaga finalmente cedió fuimos convocados por el provveditore y el príncipe, quien nos dijo: “Elijan un lugar donde puedan desinfectar sus bienes. Si no cumplen, todo lo que poseen será quemado y ningún gentil podrá poner un pie en sus dominios hasta que hayan desinfectado su propiedad.”

 El proceso de desinfección tardó en total tres meses y cinco días –nuestros objetos nos fueron devueltos todavía mojados y algunos enmohecidos, sobre todo los edredones–. Después de que todo fue desinfectado procedimos a purificar las casas. Yo fumigué cada casa contaminada con brea y azufre y después de limpiar las habitaciones las ventanas permanecieron abiertas por varios días. Las autoridades nos respondieron: “Si en el transcurso de los siguientes días no hay un nuevo rebrote en sus dominios, se les concederá permiso para reabrir las puertas y permitir a los cristianos entrar y salir.” Los nobles declararon que todo el gueto debería permanecer en cuarentena. Los convalecientes que se encontraban fuera del gueto volvieron a casa en el día quinto de Tishréi en 1632.

 Los ocho días de la cuarentena pasaron y el pueblo tuvo permitido salir de sus casas. Los gentiles pudieron volver a entrar y salir del gueto y todas las puertas fueron abiertas como en el pasado.

 Esta es la crónica de la peste y su desenlace. ~

Traducción del inglés de Pablo Duarte y Karla Sánchez.






   Recomendamos la entrada a nuestro blog de la novela sobre la peste en Milán, 1631


LOS NOVIOS 

 de Alessandro Manzoni


jueves, 2 de abril de 2020

EL ENVEJECIMIENTO EN Y DESDE EL QUIJOTE


Puede consultar disponibilidad en el correo:  

                          
Alonso, I. Bartual, R. González, J.F. Jiménez López, Fernando.



Editorial: ARS MEDICA.


Encuadernado en tapa dura con sobrecubierta. 

PERFECTO ESTADO, A ESTRENAR
205 pp., 24,5 x 31 cm 

ISBN: 9788497510776
P.V.P. 30,00 €


                                

                    

                  La obra puede ser considerada que está abordada desde dos triángulos superpuestos. El primero analiza cómo el envejecimiento es tratado en el Quijote y estudia cómo ha sido abordado tanto desde la nueva perspectiva establecida a partir de la publicación de las hazañas del caballero andante, como en el orden cronológico, lo que ha sido el envejecimiento en los últimos cuatro siglos. 

                     


     El segundo triángulo responde al modo como ha sido elaborada esta obra y, en este sentido, se trata de un triángulo cuyos vértices están representados por el arte, fundamentalmente la literatura, la ciencia, especialmente la medicina y la sociología. Desde todos estos puntos de vista está abordado el proceso de envejecer. 

                       
                
   El envejecimiento es un proceso complejo, continuo e irreversible que afecta a todos los seres vivos, ya que es la vida misma quien sufre el proceso de envejecer. Este proceso está condicionado tanto por factores biológicos como por aspectos psicológicos y sociales. 

Cautiverio de Cervantes en Argel, por Gustavo Doré




   Referido al ámbito fisiopatológico, el envejecer origina cambios morfológicos y fisiológicos, que dan lugar a una pérdida de la capacidad de respuesta de los sistemas de reserva y una disminución de la capacidad de adaptación al medio de los distintos órganos y aparatos corporales, haciendo más vulnerable al organismo a cualquier tipo de agresión externa y, consiguientemente, a una progresiva mayor morbilidad y mortalidad.



  
 Desde la medicina se abordan los conceptos clave del envejecimiento, con tablas de los biomarcadores.


Las tres edades de Salvador Dalí






Recomendamos pinchar en la entrada a nuestro blog:

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA POLÉMICO





miércoles, 25 de marzo de 2020

RAMÓN Y CAJAL: LA ESPAÑA UNIVERSAL

                Ramón y Cajal es considerado un genio a la altura de Einstein y Darwin que brotó de la nada en el páramo científico de la España del siglo XIX. Nació en 1852 en la aldea de Petilla de Aragón, se crió entre labradores analfabetos, fracasó en sus estudios juveniles, trabajó un año de zapatero remendón, combatió en dos guerras y acabó estudiando Medicina, comprándose un microscopio de su bolsillo y descubriendo las neuronas, “las mariposas del alma”, cuyo hallazgo mereció el premio Nobel en 1906.
                           

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON y JUAN ANTONIO FERNÁNDEZ SANTERÉN 

Edición para Francisco Carpi
Editorial: Accenture, 2010 
Tela editorial ilustrada en plano y contraportada.
Guardas, cinta de lectura, papel couché, numerosas ilustraciones, fotografías y dibujos se intercalan en el texto a dos tintas.  
209 pp. 19 x 30,7 cm 
50,00 €

Puede consultar disponibilidad en el correo:  


                 Cajal se crió en los campos de Aragón, hijo de una madre tejedora, Antonia, y de un padre, Justo, que había sido un pastor analfabeto hasta los 16 años pero aprendió a escribir por su cuenta y terminó doctorándose en Medicina con más de 50 años. "Había que transformar la enseñanza científica, literaria e industrial, no aumentando, como ahora está de moda el número de asignaturas, sino enseñando de verdad y prácticamente lo que tenemos. Bajo este aspecto habría que decir de nosotros cosas atroces. La media ciencia es, sin disputa, una de las causas más poderosas de nuestra ruina… Hay que crear ciencia original, en todos los órdenes del pensamiento: filosofía, matemáticas, química, biología, sociología, etcétera".
  

   
       Santiago fue díscolo, mal estudiante, causó continuos enfados a su padre y profesores. El joven Cajal sentía pasión por el dibujo "teniendo por varita mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo", pero sus padres lo consideraban “una distracción nefanda” y le forzaron a estudiar Medicina. Con 21 años, y la carrera ya terminada, se dispuso a cumplir el servicio militar obligatorio, en la tercera guerra carlista y en la guerra de Cuba. Aquella experiencia militar marcó su vida y su patriotismo regeneracionista. “¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestros generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas las épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!”, lamentaba. “La media ciencia es, sin disputa, una de las causas más poderosas de nuestra ruina”.
                                         

             Debilitado hasta rozar la muerte por la malaria, Cajal regresó a España en 1875. Y, con los salarios de la guerra, se compró su primer microscopio. “Los distintos órganos del sistema nervioso [...] son campos de exploración en los que la sed de aventura de Cajal, no saciada en su experiencia juvenil ultramarina, busca compensación”, en palabras del historiador Agustín Albarracín. Cajal se lanzó a desentrañar el cerebro, “la enigmática organización del órgano del alma”, según relató en sus memorias. “Como el entomólogo a la caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental”.
                        


    Hasta Cajal, la comunidad científica pensaba que el cerebro era una red tupida de células nerviosas conectadas entre sí, como una masa difusa. En 1888, el investigador español, por entonces catedrático de la Universidad de Barcelona, demostró la individualidad de cada célula y que la transmisión de los impulsos nerviosos, de los pensamientos, se hacía por contigüidad, no por continuidad. A estas comunicaciones entre neuronas independientes Cajal las llamó “besos”. El ser humano, adivinó el sabio, podía modelar estas conexiones con ejercicio: “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”.                   
                                   

         
           Sánchez Ron nos recomienda que léamos las memorias de Cajal Recuerdos de mi vida para comprobar su humanidad, su compromiso social, que le llevó a aceptar cargas —para él lo eran— como la presidencia de la benemérita Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, una institución pública fundada en 1907 que hizo mucho por mejorar el nivel de las ciencias de la naturaleza y sociales españolas.
                 


   Cajal se convirtió rápidamente en una eminencia en España y en el mundo. “En 1925, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) le ofreció la presidencia de la futura república federal. Cajal se negó, como hizo con los demás ofrecimientos de cargos estrictamente políticos”. Por entonces ya era un anciano pasmado ante la revolución tecnológica del siglo XX.
                  

 
        Ve la luz una amplia, aunque muy limitada en el número que debió de existir, selección de su correspondencia. Se cumple así una de las asignaturas pendientes que tiene España con su mejor científico cuando hay magníficas ediciones de las correspondencias de, por ejemplo, Newton, Lavoisier, Ampère, Lagrange, Oersted, Faraday, Maxwell, Pasteur, Einstein o Pauli, aunque todavía queda la de una edición completa y anotada de sus escritos. 

                      

        Sus trabajos influyeron en los de los, como diríamos hoy, neurocientíficos de su tiempo. A un científico de talla mundial como fue Cajal no se le debe, ni puede, estudiar de otra forma.

                  
              
                   
        Cajal hizo el descubrimiento de la fina anatomía del cerebro humano, con razón considerado como la obra maestra de la vida. L
a historia de las neurociencias sin incluir en un apartado muy destacado su nombre y obra, la teoría neuronal (identificó con claridad un tipo especial de célula, las neuronas, como la unidad discreta que transmite señales en el cerebro), tan vigente hoy como en 1888, él la pergeñó.

           








    Recomendamos pinchar en la entrada a nuestro blog;

EL HOMBRE Y EL MÉDICO ANTE LA MUERTE






SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL: EPISTOLARIO 

JUAN ANTONIO FERNANDEZ SANTAREN 

Editorial: LA ESFERA DE LOS LIBROS-FUNDACION IGNACIO LARRAMENDI

ESPAÑA, 2014. 1ª edición.

Encuadernación en tapa dura de editorial con sobrecubierta ilustrada deslucida.

1400 pp., 17 x 25 cm.

ISBN: 9788490602188

40 páginas con fotografías e imágenes.


Una obra donde se reúnen todas las cartas conocidas del premio Nobel español.

 La obra de Ramón y Cajal es la mayor aportación individual de un español a la ciencia. Pero no solo eso, Cajal fue capaz de obtener un reconocimiento internacional para su obra en una medida que muy pocas veces, si alguna, ha logrado un científico español. Consiguió, además, crear una extraordinaria escuela de Histología que aún perdura y que supuso que un considerable número de científicos españoles aportaran a la ciencia significativos avances, casi a la altura de los del maestro.


 Sin embargo, Cajal no fue en modo alguno un hombre encerrado en su laboratorio, aunque pasara incontables horas en él, sino que mantuvo una presencia constante en la vida cultural española. Prueba de ello es este extraordinario epistolario, fruto del trabajo de recopilación del profesor Juan Antonio Fernández Santarén, que permite ampliar de forma inimaginable el conocimiento que se tenía de la vida del Premio Nobel.


sábado, 2 de noviembre de 2019

EL HOMBRE Y EL MÉDICO ANTE LA MUERTE

                   Un diagnóstico de pérdida es una situación que la parte del paciente no admite pese a la evidencia de la situación. El médico suele ser cauteloso y se cubre ante los familiares comunicando fórmulas del tipo "hay que ponerse en lo peor" y reconoce el comportamiento ejemplar de éste y los familiares. 





Puede consultar disponibilidad en el correo:  

 ARAN EDICIONES - 227 pp. 15 X 23 cm. 20,00 €
ISBN 9788495913739



                    Durante más de quince siglos, las personas morían de una manera muy similar, sin apenas cambios y en una generación las cosas han cambiado de manera radical. La mayoría de las personas, cuando están afectadas por una enfermedad incurable pasan sus últimos días o semanas de vida en hospitales que no han sido diseñados para ello y morir en casa, algo habitual en otros tiempos, es hoy muy difícil, a pesar de que ése es el deseo de la inmensa mayoría de los enfermos.           

        Los médicos, y en alguna medida también el resto de los profesionales de la salud, tienen dificultades añadidas para ayudar a los enfermos en su proceso de morir. A la falta de formación en Escuelas y Universidades, hay que añadir frecuentemente la sensación más o menos inconsciente de fracaso profesional que experimentan unos profesionales que, lamentablemente, solamente han sido preparados para curar enfermedades. A esto cabría añadir la correspondiente angustia ante la propia muerte que casi siempre provoca en el personal sanitario el acercamiento a la persona que está a punto de morir.


         El momento en el que se diagnostica una enfermedad incurable y de pronóstico sombrío, supone una de las crisis más importantes para cualquier persona y uno de los retos más difíciles para los profesionales de la salud. No solamente existe la obligación (salvo excepciones) de informar al enfermo de su situación, sino que además la experiencia nos demuestra diariamente que el enfermo afronta mejor el final de su vida si él, sus familiares y los profesionales que le cuidan comparten un grado de información similar. Para los médicos, el hecho de dar a un enfermo tan mala noticia supone también un duro golpe y constituye uno de los actos más difíciles en el ejercicio de la Medicina. Y hay que aprender a hacerlo bien porque tan malo es mentir como suministrar una información brutal. En gran medida la evolución va a depender mucho de lo que se le diga al enfermo y de cómo se le diga.

El Dr. Marcos Gómez Sancho, uno de los máximos referentes a nivel mundial en Medicina Paliativa, habiendo sido reconocido por el Ministerio de Trabajo e Inmigración español en 2011 con la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Se licenció en Medicina y Cirugía por la Universidad de Valladolid en 1972. Entre otras presidencias, ha ocupado la de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) o la de la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial de España. 





Marcos Gómez es autor de los libros:

- COMO DAR LAS MALAS NOTICIAS EN MEDICINA



- MORIR EN PAZ. LOS ÚLTIMOS DÍAS DE VIDA



- MEDICINA PALIATIVA: LA RESPUESTA A UNA NECESIDAD

- EL DUELO Y EL LUTO



- DOLOR Y SUFRIMIENTO AL FINAL DE LA VIDA