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miércoles, 16 de octubre de 2024

SALTERIO DE INGEBORG. Salmos bíblicos en un manuscrito iluminado de finales del siglo XII

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    El Salterio de Ingeborg es un manuscrito iluminado de finales del siglo XII, conservado en el Museo del castillo de Chantilly (Francia) Sig. Ms 9 Olim 1695. La obra es uno de los más significativos ejemplos sobrevivientes de la pintura gótica temprana. Este salterio, o libro de salmos, fue creado alrededor de 1195 en el norte de Francia para Ingeborg de Dinamarca, reina de Francia y esposa del rey Felipe II de Francia. Se desconoce la persona que encargó el Salterio, aunque se cree que pudo ser Étienne de Tournai o Eleanor de Vernandois, condesa de Beaumont-sur-Oise.

Edita Ars Milleni, impreso en los talleres de Alfonso y Miguel Ramos

Madrid, 1999

Aproximadamente 400 páginas 

Formato: 21 x 32 x 8 cm

Peso: 4100 gramos

ISBN: 3201012742 

9788493021184

Ejemplar completo, en perfecto estado y correspondiente a la coedición española numerada.

    Edición limitada de 500 ejemplares, impresa en Austria por la Akademische Druck und Verlagsanstalt en Graz (Austria), de los cuales 120 lo vinieron para España, incluyendo el facsímil que realizó en 1999 Adeva, encuadernado especialmente en piel vuelta labrada en seco y estudio en volumen aparte. Ambos libros se presentan en un estuche abierto, tipo guardapolvo. El libro estudio complementario con textos en español, encuadernado especialmente para este ejemplar en piel editorial y guardas de agua artesanales, con la traducción al castellano del texto original por Florens Deuchler. 

    El manuscrito fue un libro de oraciones para devocionales privados y contiene un calendario, los 150 salmos en latín y otros textos litúrgicos. Cada salmo y cada oración se introduce con una inicial. El texto de los salmos sigue la Vulgata Latina. 

    En total 400 páginas, de las cuales 51 contienen ricas miniaturas a página completa y con gran profusión de pan de oro, así como numerosas y espléndidas iniciales. El texto está escrito en letra gótica minúscula temprana.  

   Está escrito en la llamada littera psalteralis, una escritura de libro utilizada alrededor del año 1200. Las letras son tan uniformes y de una caligrafía de tan alta calidad que es imposible distinguir entre diferentes escritores. Las oraciones litúrgicas concluyen el libro. Originalmente fueron formulados con inflexiones femeninas, que fueron cambiadas en algunos lugares por un usuario masculino posterior. Cada una de las doce páginas del calendario contiene un mes en el que se introducen los días festivos, festivos y conmemorativos. Es un calendario perpetuo con letras de la A a la F en lugar de los días de la semana. El encabezado de cada mes es un hexámetro que indica el número de días. El calendario era el esquema habitual del calendario de los santos de la época. 

    Para la escritura se utilizaron cuatro colores, además de tinta negra, azul, rojo y dorado, y los días de mala suerte marcados D[ies], por ejemplo = dies Ægyptiaci (= días egipcios) se marcaron en rojo. Las fiestas de los santos, marcadas en oro, se añadieron al esquema ya trazado por el pintor de los medallones. Más tarde, Ingeborg o su escriba agregaron algunas entradas necrológicas. En cada página hay dos miniaturas en marco redondo sobre fondo dorado, el signo del zodíaco, que se inserta junto al día en que el sol entra en la constelación correspondiente, y una escena de la vida cotidiana correspondiente a cada mes, por ejemplo la oveja se esquila en junio y la recogida de la cosecha del vino en septiembre.

    Miniaturas de estilo gótico temprano, de media página y página completa, no están relacionadas ni en contenido ni en forma con los textos, sino que forman una Biblia ilustrada independiente que, además de escenas de la vida de Jesús. 

Beso de Judas. Cristo es cogido por la muñeca.

    Incluye también cuatro escenas del Antiguo Testamento y un ciclo con seis imágenes que hacen referencia a la veneración de la Madre de Dios María. Cada página de imágenes está rodeada por un marco que las separa entre sí donde hay una o tres imágenes en una página. En algunas imágenes el fondo dorado está decorado con motivos perforados. 

Abraham sacrifica a su hijo Isaac, prefiguración de la parábola al hijo de Dios

    Sus miniaturas a página completa son realizadas por dos iluminadores, uno de los cuales trabaja con una tradición más antigua que el otro, pero en todas partes hay un desarrollo estilístico que ignora esta división y presumíblemente se debe a la empresa común. Las miniaturas anteriores, del maestro mayor, tienen pliegues bizantinos más planos similares a los de la iluminación de Salzburgo, pero pronto se afilan en crestas y valles y la técnica más nueva domina el trabajo del maestro más joven, que se desarrolla en su máxima extensión. en su miniatura de Pentecostés. 

Pentecostés

    En todas las miniaturas de Ingeborg los rostros son particularmente plásticos y redondeados, pero siempre con cierto patetismo o tensión en sus expresiones; nunca exhiben la calma observable en el Salterio de Westminster. Sin embargo, sólo el maestro más joven consigue dar una plasticidad convincente a los cuerpos cubiertos. Como era de esperar de un libro de esta importancia, se ha debatido mucho sobre la fecha y procedencia del Salterio de Ingeborg. La sugerencia definitiva más reciente es alrededor de 1195 en el noreste de Francia, posiblemente en la diócesis de Noyon; pero el debate continúa.

El árbol de Jesé

    Charles de Sourdeval lo introdujo en 1864 como Salterio de San Luis. Tres años más tarde, Léopold Delisle lo relacionó con la princesa danesa Ingeborg, consorte de Felipe Augusto, rey de Francia.

    El códice contiene primero un calendario con el zodiaco, seguido por miniaturas de página entera y el texto. Los textos de los salmos en littera psalterialis, van acompañados de diversos textos litúrgicos. El manuscrito se puede calificar como el antecedente de los libros de horas.

Calendario con horóscopos

    Erwin Panofsky, en uno de sus estudios, indica que la importancia del manuscrito consiste en que éste marca, en la pintura, el estadio estilístico que representan las esculturas del crucero de la Catedral de Chartres en las artes plásticas; sin embargo, estos estudios el manuscrito nunca había sido prestado a ninguna exposición de manuscritos del momento. Además, su procedencia y su datación son demasiado amplias (desde el este del río Rin hasta el sur de Inglaterra y entre el 1190 y el 1220, respectivamente).

    Günter Haseloff ayudó a esclarecer el problema relacionándolo con el Psautier glosé Ms. 338 de la Biblioteca Pierpont Morgan de Nueva York, afirmando que se puede atribuir a los miniaturistas del Salterio de Ingeborg.


    Por otro lado, Eric. G. Millar relacionó en 1928 el Salterio de Ingeborg con una Biblia de Londres (B.M., Add. Ms. 15452), algo posterior, que constituye el punto de partida para la evolución de los manuscritos miniados en Francia en la primera mitad del siglo XIII.

   Estas obras son las que, gracias a extensos estudios, permiten establecer una unión entre el estilo asociado al siglo XII con un estilo denominado propiamente como gótico con influencia bizantina, siendo el Salterio de Ingeborg un claro reflejo de ello.



    El nivel en la iluminación de los manuscritos es tal que sólo puede describirse mediante epítetos y superlativos. La magia deslumbrante que proporciona el dorado idealiza las escenas representadas. La historia sagrada se encuentran idealizadas con una iconografía simbólica que descifra Florens Deuchler en su estudio de los gestos y acciones de los personajes y por detalles de los elementos compositivos. 


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viernes, 20 de enero de 2023

DIARIO DE COLÓN - MANUSCRITO ORIGINAL DE FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS - Edición especial ALTAE







Motivo que decora las guardas

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DIARIO DE COLON. Libro de la Primera Navegación y Descubrimiento de las Indias. 

Facsímil + Trascripción: 2 tomos

Edición especial de 200 ejemplares numerados, estampados con técnicas artersanas, sobre papel hilo verjurado ahuesado.

Edita: ALTAE,

Madrid. 2005.

Publicado por Guillermo Blázquez. 

Encuadernación artística en dos volúmenes en tela aterciopelada con estampaciones y gofrados. 

2 tomos en estuche de cartón rígido.

(XXIII p., 67, 67 h., [6] h. de láminas en b-n y color.  

Tomo fascsímil.

150 + 80 pp., 25 x 34 cm.

Ilustraciones a toda página y grabaditos a dos tintas al margen del texto. 

ISBN 10: 8496539024  

ISBN 13: 9788496539020

P.V.P. 295,00 €


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​Relación del primer viaje de D. Cristóbal Colón para el descubrimiento de las Indias​ (1492). Reproducción y transcripción a partir del manuscrito copiado de Bartolomé de las Casas.

Introducción por Manuel Lucena Giraldo. Nos encontramos ante la transcripción del Libro de la primera navegación y descubrimiento de las Indias que se entregó a los Reyes Católicos y se encuentra desaparecido, el traslado del autor de la Brevisima relación de la destrucción de las Indias resumido y con las ampliaciones del Diario de a bordo por las notas del padre dominico. Fue conocida por el hijo del Almirante, que redacta Fernando en 1571, utilizando diferentes traslados.


De la narración empezamos el viaje desde el 3 de agosto de 1492, recogeremos el momento de duda y cansancio inmediatos al día del encuentro con la Tierra del "Nuevo Mundo" y el final del tornaviaje el 15 de marzo del año 1493:

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    Este es el primer viaje y las derrotas y camino que hizo el Almirante don Cristóbal Colón cuando descubrió las Indias, puesto sumariamente, sin el prólogo que hizo a los Reyes, que va a la letra y comienza de esta manera: In Nomine Domini Nostri Jesu Christi.

Porque, cristianísimos y muy altos y muy excelentes y muy poderosos Príncipes, Rey y Reina de las Españas y de las islas de la mar, Nuestros Señores, este presente año de 1492, después de Vuestras Altezas haber dado fin a la guerra de los moros que reinaban en Europa y haber acabado la guerra en la muy grande ciudad de Granada, adonde este presente año a dos días del mes de enero por fuerza de armas vi poner las banderas reales de Vuestras Altezas en las torres de la Alhambra, que es la fortaleza de la dicha ciudad y vi salir al rey moro a las puertas de la ciudad y besar las reales manos de Vuestras Altezas y del Príncipe mi Señor, y luego en aquel presente mes, por la información que yo había dado a Vuestras Altezas de las tierras de India y de un Príncipe llamado Gran Can (que quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes), como muchas veces él y sus antecesores habían enviado a Roma a pedir doctores en nuestra santa fe porque le enseñasen en ella, y que nunca el Santo Padre le había proveído y se perdían tantos pueblos creyendo en idolatrías o recibiendo en sí sectas de perdición, Vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de la santa fe cristiana y acrecentadores de ella, y enemigos de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme a mí, Cristóbal Colón, a las dichas partidas de India para ver a los dichos príncipes, y los pueblos y tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión de ellas a nuestra santa fe; y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie. Así que, después de haber echado fuera todos los judíos de vuestros reinos y señoríos en el mismo mes de enero mandaron Vuestras Altezas a mí que con armada suficiente me fuese a las dichas partidas de India; y para ello me hicieron grandes mercedes y me ennoblecieron que dende en adelante yo me llamase Don, y fuese Almirante Mayor de la Mar Océana y Virrey y Gobernador perpetuo de todas las islas y tierra firme que yo descubriese y ganase, y de aquí en adelante se descubriesen y ganasen en la Mar Océana, y así me sucediese mi hijo mayor, y así de grado en grado para siempre jamás. Y partí yo de la ciudad de Granada a doce días del mes de mayo del mismo año de 1492, en sábado. Vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante hecho, y partí del dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, a tres días del mes de agosto del dicho año, en un viernes, antes de la salida del sol con media hora, y llevé el camino de las islas de Canaria de Vuestras Altezas, que son en la dicha Mar Océana, para de allí tomar mi derrota y navegar tanto que yo llegase a las Indias, y dar la embajada de Vuestras Altezas a aquellos Príncipes y cumplir lo que así me habían mandado; y para esto pensé de escribir todo este viaje muy puntualmente de día en día todo lo que hiciese y viese y pasase, como adelante se vera. También, Señores Príncipes, allende de escribir cada noche lo que el día pasare, y el día lo que la noche navegare, tengo propósito de hacer carta nueva de navegar, en la cual situaré toda la mar y tierras del Mar Océano en sus propios lugares, debajo su viento, y más, componer un libro, y poner todo por el semejante por pintura, por latitud del equinoccial y longitud del Occidente; y sobre todo cumple mucho que yo olvide el sueño y tiente mucho el navegar, porque así cumple, las cuales serán gran trabajo.


Viernes, 3 de agosto

Partimos viernes tres días de agosto de 1492 de la barra de Saltés, a las ocho horas. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el Sur sesenta millas, que son quince leguas; después al Sudoeste y al Sur cuarta del Sudoeste, que era el camino para las Canarias….

Miércoles, 10 de octubre

Navegó al Oessudoeste. Anduvieron a diez millas por hora y a ratos doce y algún rato a siete, y entre día y noche cincuenta y nueve leguas. Contó a la gente cuarenta y cuatro leguas no más. Aquí la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del largo viaje. Pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo, dándoles buena esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias, y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de Nuestro Señor.

Jueves, 11 de octubre

Navegó al Oessudoeste. Tuvieron mucha mar y más que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, veintisiete leguas.


Después del sol puesto, navegó a su primer camino, al Oeste; andarían doce millas cada hora y hasta dos horas después de media noche andarían noventa millas, que son veintidós leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vio lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, y díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y viola; díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vio nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después de que el Almirante lo dijo, se vio una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir y cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos horas después de media noche pareció la tierra de la cual estarían dos leguas Amañaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda el armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se ajuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias. «Yo -dice él-, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y de ellos de colorado, y de ellos de lo que hallan, y de ellos se pintan las caras, y de ellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos sólo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano Son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta isla.» Todas son palabras del Almirante.

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Sábado, 13 de octubre

« Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos, como dicho tengo, y todos de buena estatura, gente muy hermosa: los cabellos no crespos, salvo corredios y gruesos, como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha más que otra generación que hasta aquí haya visto, y los ojos muy hermosos y no pequeños, y ellos ninguno prieto, salvo de la color de los canarios, ni se debe esperar otra cosa, pues está Este Oeste con la isla de Hierro, en Canaria, bajo una línea. Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha. Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla, según la tierra, y grandes, en que en algunas venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, hasta haber de ellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla; y si se le trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen ellos. Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier cosa que se los diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vi que no entendían en la ida. Determiné de aguardar hasta mañana en la tarde y después partir para el Sudeste, que según muchos de ellos me enseñaron decían que había tierra al Sur y al Sudoeste y al Noroeste, y que éstas del Noroeste les venían a combatir muchas veces, y así ir al Sudoeste a buscar el oro y piedras preciosas. Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes y muchas aguas y una laguna en medio muy grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde, que es placer de mirarla; y esta gente harto mansa, y por la gana de haber de nuestras cosas, y temiendo que no se les ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego a nadar; que hasta los pedazos de las escudillas y de las tazas de vidrio rotas rescataban hasta que vi dar dieciséis ovillos de algodón por tres ceotís de Portugal, que es una blanca de Castilla, y en ellos habría más de una arroba de algodón hilado. Esto defendiera y no dejara tomar a nadie, salvo que yo lo mandara tomar todo para Vuestras Altezas si hubiera en cantidad. Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe. Y también aquí nace el oro que traen colgado a la nariz; más, por no perder tiempo quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango. Ahora, como fue noche, todos se fueron a tierra con sus almadías.»


Domingo, 14 de octubre

«En amaneciendo mandé aderezar el batel de la nao y las barcas de las carabelas, y fui al luengo de la isla, en el camino del Nordeste, para ver la otra parte, que era de la otra parte, del Este que había, y también para ver las poblaciones, y vi luego dos o tres, y la gente que venían todos a la playa llamándonos y dando gracias a Dios. Los unos nos traían agua; otros, otras cosas de comer; otros, cuando veían que yo no curaba de ir a tierra, se echaban a la mar nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo. Y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos, hombres y mujeres: «Venid a ver los hombres que vinieron del cielo; traedles de comer y de beber». Vinieron muchos y muchas mujeres, cada uno con algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo, y levantaban las manos al cielo, y después nos llamaban que fuésemos a tierra. Mas yo temía de ver una grande restinga de piedras que cerca toda aquella isla alrededor, y entre medias queda hondo el puerto para cuantas naos hay en toda la Cristiandad, y la entrada de ello muy angosta. Es verdad que dentro de esta cinta hay algunas bajas, mas la mar no se mueve más que dentro en un pozo. Y para ver todo esto me moví esta mañana, porque supiese dar de todo relación a Vuestras Altezas y también adónde pudiera hacer fortaleza, y vi un pedazo de tierra que se hace como isla, aunque no lo es, en que había seis casas, el cual se pudiera atajar en dos días por isla; aunque yo no veo necesario, porque esta gente es muy simplice en armas, como verán Vuestras Altezas de siete que yo hice tomar para les llevar y aprender nuestra habla y volverlos, salvo que Vuestras Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren. Y después junto con la dicha isleta están huertas de árboles las más hermosas que yo vi, y tan verdes y con sus hojas como las de Castilla en el mes de abril y de mayo, y mucha agua. Yo miré todo aquel puerto y después me volví a la nao y di a la vela, y vi tantas islas que yo no sabía determinarme a cuál iría primero. Y aquellos hombres que yo tenía tomado me decían por señas que eran tantas y tantas que no había número, y nombraron por su nombre más de ciento. Por ende yo miré por la más grande, y a aquélla determiné andar, y así hago, y será lejos de ésta de San Salvador cinco leguas; y las otras de ellas más, de ellas menos. Todas son muy llanas, sin montañas y muy fértiles y todas pobladas, y se hacen la guerra la una a la otra, aunque éstos son muy símplices y muy lindos cuerpos de hombres.»

Ayer, después del sol puesto, siguió su camino al Sur, y antes del sol salido se halló sobre el Cabo de San Vicente, que es en Portugal. Después navegó al Este para ir a Saltés, y anduvo todo el día con poco viento hasta ahora que está sobre Faro.


Viernes, 15 de marzo

Ayer, después del sol puesto, navegó a su camino hasta el día con poco viento, y al salir del sol se halló sobre Saltés, y a hora de mediodía, con la marea de montante, entró por la barra de Saltés hasta dentro del puerto de donde había partido a 3 de agosto del año pasado Y así dice él que acababa ahora esta escritura, salvo que estaba de propósito de ir a Barcelona por la mar, en la cual ciudad le daban nuevas que Sus Altezas estaban, y esto para les hacer relación de todo su viaje que Nuestro Señor le había dejado hacer y le quiso alumbrar en él. Porque ciertamente, allende que él sabía y tenía firme y fuerte sin escrúpulo que Su Alta Majestad hace todas las cosas buenas y que todo es bueno salvo el pecado y que no se puede abalar ni pensar cosa que no sea con su consentimiento, «esto de este viaje conozco -dice el Almirante- que milagrosamente lo ha mostrado, así como se puede comprender por esta escritura, por muchos milagros señalados mostrados en el viaje, y de mi, que ha tanto tiempo que estoy en la Corte de Vuestras Altezas con opósito y contra sentencia de tantas personas principales de vuestra casa, los cuales todos eran contra mí poniendo este hecho que era burla. El cual espero en Nuestro Señor que será la mayor honra de la Cristiandad que así ligeramente haya jamás acaecido». Estas son finales palabras del Almirante D. Cristóbal Colón de su primer viaje a las Indias y al descubrimiento de ellas.


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